Bosque encantado




Después de varios meses en los que las visitas han brillado por su ausencia, hay algunos días que casi se registran tumultos. Cuando llegan estos días, los del Centro de Educación Ambiental de Montejo se echan a temblar. Ellos no pueden hacer otra cosa que recomendar el regreso dentro de unas fechas, tras realizar una reserva previa, por supuesto.
No es que gestionen ningún exclusivo estreno. Tampoco venden entradas para el concierto de ninguna estrella de la música moderna. Nada de eso. El codiciado objeto del deseo no es otra cosa que un pequeño monte de apenas 25 hectáreas. Se llama El Chaparral y está en la Sierra Norte, aunque cuando se conoce que se trata de el Hayedo de Montejo, se entiende la situación.
En cuanto se barrunta el otoño un singular estado febril se adueña de quienes gustan de darse un paseo tranquilo por el monte. Se acuerdan de este bosque mágico y quieren visitarlo. El problema es que las autoridades ambientales madrileñas pusieron hace años un tope de visitantes para evitar su deterioro y mientras el resto del año, son pocos los que se acuerdan del hayedo, en otoño pasa todo lo contrario
El bosque es poca cosa, pero no son sus dimensiones lo que destaca, sino el lugar donde permanece. Esa es la magia, el milagro podría decirse: cómo este puñado de hayas resistió el azote del hacha secular que desnudó el resto del Sistema Central, cómo fue capaz de superar la presión ganadera que siguió y, por último, cómo ha sobrevivido a las condiciones de calor y sequía que caracterizan esta sierra y en donde, está demostrado, no pueden vivir estos árboles.
Las razones hay que buscarlas en el microclima de este vallejo que junto a las hayas, alberga a un juvenil Jarama: temperaturas suaves, altitud correcta y elevada humedad. También en lo remoto de su situación, alejado de los núcleos en una zona escasamente poblada desde siempre

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